El cubo mágico

Llevaba años trabajando en aquel edificio como guardia de seguridad y no había tenido problema alguno. Cualquier turno que le tocara era bueno para él, pues disfrutaba mucho recorrer las oficinas y ver los locos juguetes que estaban diseñando los trabajadores.

Esa semana en particular le tocaba la vigilancia nocturna, así que no habría quien le explicara qué hacía cada extraño objeto, pero igual los vería, además, podría tocarlos con total libertad.

Cercana la media noche, estaba a punto de terminar la revisión de todos los cubículos, cuando se encontró con una pieza algo distinta a las demás, un cubo, parecido a los de rugby, pero en lugar de colores, había símbolos extraños. Su aspecto era antiguo, pero resultaba tan realista que no pudo resistir tomarlo entre sus manos y comenzar a armarlo.

Después de un par de vueltas, se cortó el dedo con los bordes de los símbolos, pero eso no lo detuvo, sabía que debía limpiarlo y devolverlo a su lugar, sin embargo algo le impulsaba a terminarlo, lo cual logró en tan solo unos segundos. —Demasiado sencillo—, dijo con un tono de insatisfacción y egocentrismo, después limpió su sangre de encima, pero esta ya había llegado hasta el mecanismo interno.

Después lo dejó sobre la mesa, y continúo con su ronda. Al llegar a la caseta de vigilancia, vio a través de las cámaras que el cubo estaba encendido. Volvió rápidamente para tratar de apagarlo pues no debían darse cuenta que se metía con los objetos del trabajo. Al tenerlo al frente, no solo brillaba, también temblaba y emitía alguna especie de sonido muy molesto, el guardia se acercó y en ese momento, el cubo se hizo traslucido, dejando salir de su centro una mano con enormes garras, la cual tomó al hombre de los cabellos y lo jalo dentro. Acto seguido, el juguete volvió a su forma inicial.

Su curiosidad no era tan mala, solo ignoraba para quien trabajaba, pues esa empresa pertenecía a una secta satánica, que estaba desarrollando en esos cubos, pequeños portales hacia el inframundo. Su diseño era perfecto, funcionaba con sangre y afilaban los bordes para obtenerla, para cuando alguien se diera cuenta de lo que ocurría, muchos niños ya habrían sido arrastrados al infierno.