El mil caras

Gargantua se miró al espejo y vió su viejo y fofo cuerpo reflejado en él. De pronto sintió una punzada en el corazón y con rabia pensó que ahora ninguna mujer querría mirarlo y menos si sabían lo poco hombre que era maltratando y acosando a cuanta mujer se le resistíera. Y una sonrisa malevola se le dibujó en el rostro al recordar que desde que había descubierto el internet podía cambiar de fachada cuantas veces se le antojara; volverse un apuesto galán, un caballero andante y hasta un play boy consumado.

Orgulloso se sentó en su sofá de cuero, desparramando sus carnes y pensando en aquella mujer que lo despreciaba y a la que no podía engañar con sus mil caras; pero al fin la había vencido al sacarla del blog. Sí había tejido finamente su telaraña moviéndo todas sus influencias y artilugios hasta acorralarla y hacerla irse derrotada.

Se acercó al bar y se sirvió una copa llena de vino para celebrar su triunfo… A votre santé ma chérie… brindó y bebió goloso hasta la última gota del rojo brebaje.

Bueno ya es hora de ponerse en camino se dijo; pero antes debía pasar donde Adelaida su única adoración. Su hijita querida. Lástima que le fuera tan mal en su matrimonio..Aquel patán que tenía por marido no la hacía feliz, pero en fin ya se encargaría él de arreglar esa situación…

Subió a su auto e hizo el camino lleno de euforía por haber fastidiado a aquella mujercita y seguro de su poder… La noche fue llegando poco a poco y al salir del bullicio de la ciudad, el camino se hizo más oscuro y silencioso… Un fastidio empezó a perturbarlo y conforme se acercaba a la casa de Adelaida, se sentía mäs y más inquieto.

Al fin aliviado, llegó a su destino y presuroso bajó del auto y fue a tocar el timbre de la casa, pero cual no fue su sorpresa al encontrarla abierta…Preocupado empujó la puerta y vió un espectáculo que le heló la sangre en las venas. Su adorada Adelaida, su hija adorada yacía con los ojos abiertos en medio de un charco de sangre…

Y esta vez sin atinar a hacer nada se quedó alli inmòvil sintiendo que gruesas lágrimas bañaban su rostro y que sus mil caras se fundían en una sola; la derrota y la desesperanza…

Y bien ya dice el dicho; quien a hierro mata a hierro muere…