Devoción

Una inmensa multitud de católicos filipinos, en su mayoría descalzos, participaron ayer en una antigua y ruidosa procesión del Cristo Negro entre fuertes medidas de seguridad, tras un desastroso asedio insurgente registrado el año pasado en el país.

Aunque tanto la policía como el ejército filipino dijeron que no detectaron ninguna amenaza específica, se movilizaron más de 6,000 agentes, incluyendo francotiradores y expertos en explosivos, respaldados por vigilancia en helicóptero o con drones, para proteger la procesión anual del Nazareno Negro por las calles de la capital, Manila. Hasta media tarde, más de 700 fieles fueron atendidos por voluntarios de la Cruz Roja, en su mayoría por lesiones leves y agotamiento.

Las autoridades prohibieron las armas, la red celular estuvo sobrecargada esporádicamente en las inmediaciones del recorrido y un equipo de expertos en bombas caminaban junto a perros rastradores por el recorrido antes del paso de la multitud. Barreras de concreto bloqueaban la ruta, en parte para intentar evitar ataques como los ocurridos en Europa, donde islamistas radicales perpetraron atropellos masivos, explicó un oficial del ejército.

Las autoridades estaban preocupadas también por posibles estampidas durante el festejo, que transcurrió desde la mañana y hasta la medianoche de ayer. Según algunos, el acto podría atraer a millones de devotos, aunque es difícil ofrecer incluso una estimación.