Seguirá luchando

“Si pudiera regalar mi corazón a mi hija, lo haría”, dice Miriam Manzanilla Chi, mamá de la niña Valeria Cámara Manzanilla, cuya historia se dio a conocer a partir de una petición de ayuda y una campaña de boteo para cubrir los gastos de una cirugía a corazón abierto.

Miriam no duda. Si pudiera, ella misma se arrancaría el corazón para dárselo a Valeria. Lo pensó desde el día en que el médico le dijo que la niña tenía un soplo y que no viviría más allá de los 10 años. Ahora solo confía en los médicos, pero sin dejar de pedir por un milagro.

Valeria en sí es un milagro. Cuando nació el 2 de diciembre de 2013 fue el día más feliz para Miriam, quien llevaba ocho años de casada. Entonces desconocía que la niña nació con un soplo en el corazón que, en consecuencia, afectó a sus pulmones.

Lo que sí supo, porque era evidente, es que nació con dos dientes y el pie equinovaro (torcido) que se trató con cirugía. Pero del corazón ni una señal, ni siquiera porque se quedó cinco días internada ni porque le hicieron el tamizaje ni porque sabían que su embarazo había sido riesgoso y que superó tres intentos de aborto.

“Al mes la llevo con un pediatra particular para su chequeo normal. Allí me dice el doctor: “señora, no se ha fijado que su hija tiene un soplo en el corazón. Le recomiendo, si usted tiene seguro, que vaya al hospital para que la valore un cardiólogo’. Cuando escuché eso quedé en ‘shock’ y empecé a llorar”. Miriam cayó en depresión al grado que ya no le importaba comer, salir ni peinarse.

Con la información, Miriam regresó al IMSS donde confirmaron todo lo que el pediatra particular había dicho: Valeria tenía el corazón más grande de lo normal, un soplo y un orificio.

Tras varias operaciones la niña es trasladada al hospital La Raza en Ciudad de México, donde de nuevo le hacen estudios. “Me dicen que ya había quedado bien y que solo se quedaría con una neumopatía superficial, un daño en el pulmón ocasionado por el corazón y que sería por vida, que no había nada que hacer salvo un trasplante de pulmón”.

De vuelta a Mérida y en otra consulta, una doctora le dice a Miriam que Valeria solo viviría de 3 a 10 años. “Ese día prometí que iba a cuidar a mi hija hasta ver qué pasa”, le habían dicho que el pulmón se iba a cerrar y la pequeña fallecería.

A Miriam le brotan las lágrimas cuando cuenta que juró que su hija no moriría. “Sus ganas de vivir, verla reír, verla jugar, me dieron fuerzas. La cuidaba mucho de que no se enfermara de tos o de gripa”.

Por eso no la inscribió al preescolar y evitaba llevarla a cumpleaños. “No era de sacarla y Valeria no llevó una vida normal sus primeros años”.

Miriam tenía tanto temor cuando la veía agitaba, cuando veía que le daba un ataque de tos y vomitaba flemas, cuando tenía fiebre.

El año pasado, cuando se percató que la boca de Valeria quedaba morada, fue con una cardióloga, quien le dijo que la niña tiene un conducto arterioso, pero que no era urgente una operación y que mejor habría que tratarlo con cateterismo.

Desesperada, Miriam buscó la opinión de otro médico, quien confirmó que junto con el conducto arterioso Valeria tenía un orificio, que era lo más preocupante. El médico fue claro: “si usted no la opera, la niña fallecerá en cualquier momento”.

En el Hospital Regional de Alta Especialidad, a donde llegó tras una campaña en los medios de comunicación y redes sociales y que publicó La I, los médicos le dijeron que la cirugía es la única opción.

Esta deberá realizarse esta semana a no ser que no esté desinfectado el quirófano, de lo contrario la cirugía se reprogramaría para la otra semana.

“Tengo fe en que saldrá bien, y si Dios dispone cambiar la situación me siento tranquila porque sé que he dado todo como mamá”, dice llorando. “No me voy a cansar de seguir luchando por ella. Y si ella es feliz, yo soy feliz”.

“No ha sido fácil, pero seguiré con ella hasta el final, hasta donde Dios me permita”, dice.

Aunque confía que la cirugía será un éxito, espera que el caso de Valeria sirva para apoyar a otros niños.